Los primeros conquistadores llegaron a tierras antioqueñas
en 1501 cuando Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa llegaron a La
Guajira y recorrieron la costa atlántica colombiana hacia el
occidente hasta llegar a Cartagena y posteriormente a Urabá.
En 1502 Alonso de Ojeda realizó expediciones contra los indígenas
en búsqueda de oro desde la Guajira hasta Urabá. En 1509
Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa fundaron San Sebastián de
Urabá, cerca al río Necoclí en la región
de Urabá. En 1536 Juan Badillo y Francisco César atravesaron
Urabá y en la región noroccidental de Antioquia enfrentaron
al cacique Ñutí barra a quien vencieron. Pero fue Jorge
Robledo quien emprendió la conquista del interior de Antioquia
entrando por el sur. Al llegar al que hoy es el municipio de Heliconia
la expedición dirigida por Robledo se dividió en tres
grupos. Uno, conducido por Jerónimo Luis Tejelo llegó hasta
el Valle de Aburrá. El segundo, al mando de Diego Mendoza recorrió parte
del oriente antioqueño.
Por su parte, Robledo continuó por el occidente del territorio
antioqueño donde fundó en 1541, en el valle de Ebéjico,
la ciudad de Antioquia. En 1546, esta población fue trasladada
a las riberas del Cauca donde se fundó con el nombre de Santa
Fe de Antioquia, sitio que hoy ocupa. Esta ciudad se convirtió en
el centro económico y militar desde donde se emprendió la
pacificación del norte de Antioquia y se constituyó en
la capital de la gobernación de Antioquia, creada en 1582. Durante
el siglo XVI se fundaron también las ciudades de Remedios (1560),
San Juan de Rodas (1570, cerca de Ituango, hoy desaparecida), Ubeda (1574.
Valdivia), Cáceres (1576) y Zaragoza (1580), entre otras. Estas
fundaciones se motivaron en los yacimientos de oro a lo largo de los
ríos Cauca y Nechí, y en el cerro Buriticá que hicieron
de estas regiones epicentros políticos y económicos de
Antioquia hasta el siglo XVIII.
En el siglo XVII el valle de Aburrá se desenvolvía
alrededor de la producción agrícola y ganadera con
destino a los centros mineros del norte y el nordeste de Antioquia.
Igualmente en este siglo se descubrieron yacimientos de oro en el “Valle
de los Osos” y en el oriente cercano. Tomó así fuerza
un proceso de poblamiento en el Valle de Aburrá que llevó a
la fundación de la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria
de Medellín en 1646.
Durante el siglo XVIII la caída
en la producción de oro en Antioquia llevó al cierre
de muchas minas lo que significó frecuentes manumisiones de
esclavos, bien por voluntad de los propietarios o por compra que
hicieron los mismos esclavos de su libertad. En este siglo el mestizaje
creció, se dinamizaron procesos de colonización por
la población libre que ampliaron la frontera agrícola
y minera, los grandes propietarios mineros invirtieron en el comercio
fortaleciendo esta actividad.
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También en el siglo XVIII
se desarrolló el poblamiento del norte y del oriente de
Antioquia, y se empezaron a abrir nuevas fronteras en el occidente
antioqueño (Urrao). Fue así que en 1778 se fundaron
tres poblaciones en el norte: Yarumal (San Luis de Góngora),
Don Matías (San Antonio del Infante) y Carolina del Príncipe.
En el oriente se dio la erección de Rionegro en 1783 y de
Marinilla en 1787. Hacia el sur se fundaron tres poblaciones: Titiribí (1775),
Amagá (1788) y Fredonia (1790).
Al llegar el siglo XIX la configuración espacial
de la región antioqueña era relativamente homogénea.
Geográficamente ocupaba uno de los ramales de la Cordillera
Central, comprendido entre los ríos Magdalena y Cauca, y una
parte de la Cordillera Occidental. Sus principales ecosistemas se
encontraban en el valle medio del río Cauca, en el valle de
Aburrá, en el altiplano Sonsón-Rionegro, en la meseta
del norte y a lo largo del río Nechí. Su terreno es
predominantemente montañoso, con abundante riqueza hídrica,
con una diversidad de zonas de vida y pisos térmicos, propicios
para una producción agrícola y pecuaria variada. Además,
abundaban los árboles maderables, los animales de caza y frutas
que eran usados en la construcción de las viviendas y en la
dieta alimenticia de los pobladores de estas tierras.
Dos situaciones se derivaban del medio natural antioqueño. La
primera es una restricción, ya que la región permanecía
aislada del resto del "país" durante las temporadas
de invierno, por el peligro que representaban los caminos cenagosos y
los ríos, ante la carencia de puentes o barcas de paso en muchos
ríos y quebradas. Aún en el verano las comunicaciones con
otras regiones y el transporte de mercancías se dificultaban mucho.
No sobra mencionar que estas condiciones adversas del medio antioqueño
siguen presentes en la actualidad. La otra situación, ésta
sí favorable, consistía en la posibilidad de intercambiar
los productos de tierra fría, templada y cálida, la disponibilidad
de oro en casi todas las poblaciones y la abundancia de agua para el
consumo humano y animal, así como para el riego de los cultivos
durante todo el año.
En 1826, la pérdida de la importancia económica y política
de Santa Fe de Antioquia, la llegada de la República y el ascenso
económico de Medellín y Rionegro hicieron que la capital
de la provincia antioqueña se trasladara a Medellín.
Durante el período de las guerras de independencia los antioqueños
continuaron la dinámica colonizadora iniciada en el siglo XVIII.
Estos procesos de colonización se convirtieron en formas de controlar
a una población cada vez mayor, a unos hijos rebeldes y ociosos
en el seno de la familia, a una población de vagos y "mal
entretenidos", además se necesitaba ampliar la oferta de
tierras para la creciente población. Por esto, los gobiernos provincial
y nacional incentivaron la movilización de esa población
flotante hacia los "terrenos baldíos" del sur y el suroeste,
en donde se les otorgaban parcelas.
El proceso colonizador desatado en el siglo XIX en Antioquia dio lugar
a la fundación de pueblos como: Andes, Jericó, Jardín,
Ciudad Bolívar, Santa Bárbara, Támesis, Caramanta,
Betulia, en el suroeste antioqueño. También se fundaron
muchísimos pueblos en los departamentos de Caldas, Risaralda y
Quindío (en ese entonces pertenecientes al Estado de Antioquia),
llegando hasta el norte del Valle del Cauca y la frontera con el Chocó.
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Finalizadas las guerras de independencia la explotación aurífera
de minas de veta se intensifica. El nuevo estado republicano había
quedado en la quiebra y hubo de pagar a sus acreedores con las mejores
minas de su territorio nacional. Así entregó las de Santa
Ana (Tolima) y Marmato (en la provincia del Cauca), poblado vecino a
Antioquia. Para la explotación de estas minas llegaron viajeros
y exploradores extranjeros; también llegaron técnicos e
ingenieros alemanes con los molinos de pisones, los bocartes, las técnicas
de amalgamación. En este momento se construyeron las primeras
grandes fundiciones de metales preciosos. Esto permitió aprovechar
al máximo las minas de veta existentes en Anorí, Amalfi,
Santa Rosa, Segovia, Frontino y Titiribí.
Aunque durante el siglo XIX sucedieron muchas guerras y confrontaciones
armadas por todo el territorio nacional, los antioqueños se mantuvieron
al margen en casi todas, prefiriendo dedicarse al solaz de sus familias
convencidos de que sólo el orden social haría prosperar
sus haciendas. Sólo en tres guerras hubieron de participar los
antioqueños: en la de 1877 para defender la educación católica,
en la de 1885 para defender a Rafael Núñez del ataque de
los radicales de la región de Santander y la Guerra de los Mil
Días (1899-1902) en defensa del partido conservador y su proyecto
político (la Regeneración). También hubo algunas
confrontaciones bélicas entre liberales y conservadores antioqueños
por diferencias en la conducción del Estado.
Después de 1864, durante el gobierno de Pedro Justo Berrío
(1864-1873), las condiciones políticas, económicas y fiscales
posibilitaron el surgimiento de un Estado regional, que favoreció la
libre empresa y que se dedicó a desarrollar la educación,
la administración de justicia, la salud y las obras públicas.
Un acontecimiento que marcó la historia
de Antioquia fue el inició de la producción de café lo
que se dio hacia 1890 cuando algunos comerciantes y hacendados
de Medellín y Fredonia difundieron este cultivo entre los
campesinos del sur y el suroeste. A diferencia del resto del país
donde el café era producido en las haciendas, los antioqueños
utilizaron la aparcería como forma de producción
lo que permitió su rápida expansión, especialmente
a partir de 1903. La producción cafetera hizo posible la
construcción del ferrocarril de Antioquia que después
de muchas dificultades pudo terminar el trayecto férreo
Medellín-Puerto Berrío. Este medio de transporte
permitió el abaratamiento del costo del transporte al pasar
del 20% del valor del grano en 1880, al 6%.
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